Anna
Un animal que acepta su dolor
Todos los días a las doce del mediodía quedamos frente a la pizarra del comedor. Da igual lo que haya escrito. Anna dice: un puré y dos compotas. A cambio se tomará las pastillas. Me extiende la mano para firmar el trato. En invierno, Anna empezó a pedirme que quedáramos en su habitación. Desde el pasillo la oigo respirar. Inhala como si el aire fuera denso. El aire es la compota que tanto le gusta. Un líquido espeso y afrutado que obstruye sus pulmones. Anna camina con los tobillos lastrados hacia el comedor. Yo voy a su lado, dispuesta a aceptar el trato. Soy su muleta.
Anna se sienta al borde de la cama. Acerco la silla. Cuando la abrazo para trasladarla, noto sus costillas a través de la tela. Pienso en un antílope en descomposición. Anna ya no habla. Empujo la silla de ruedas hasta la pizarra del comedor. La miramos durante unos segundos, después digo: un puré y dos compotas. Cojo su mano y la aprieto.
Anna se resigna. Acepta su dolor. Como un perro. Como un gato. Hace mucho tiempo, cuando aún hablaba, me contó que una vez fue un cocodrilo. Mira, me dijo, aún me quedan los dientes. Yo le pregunté: ¿y cómo supiste que habías dejado de serlo? Ella respondió: No me acuerdo, pero da igual, siendo cocodrilo o siendo humana hacía lo mismo.

Esta primavera enterraron a Anna. Anna, el cocodrilo. Tenía un hijo y dos nietos en Inglaterra. Los nietos no sabían que ella existía. Ahora no existe. Y al fin, la información que tienen los nietos sobre una abuela muerta allá en España es cierta. Su hijo, un tal Daniel, se avergonzaba de ella. Anna orinaba en la calle mientras esperaba a que saliera del colegio. Quizá al lado de un árbol. En cuclillas, junto a las otras madres. Anna, el perro. Anna, el gato. Un animal que acepta su dolor. Ella también tenía una madre menuda que venía a visitarla en taxi al instituto psiquiátrico, iba con los labios pintados y los ojos azules. Se daban abrazos largos y estáticos, hablaban de sus citas médicas, sus historias clínicas, no había mucho más que decir. ¿Qué tal con los psiquiatras? ¿y tú con los cardiólogos? Bien. La madre ha sobrevivido a Anna. Anna es mi duodécimo sudario. Un esqueleto fino y enfermo envuelto en una sábana. Un corazón quieto, dos pulmones cementados, rígidos, repletos de células revueltas e ilógicas, apresuradas, vesánicas como Anna.

Ana la cocodrilo, ya almacenada para siempre en mis neuronas 🐊♥️
Los nietos que no saben que tuvieron una abuela. Una abuela cocodrilo. El duodécimo sudario. Guau.