Ausencias provocadas
Sobre los objetos que deberían estar y no están.
Los objetos que no están son más importantes que los que están. ¿Cómo era el mundo antes o después de la rueda? ¿Antes o después del teléfono? Aquí el mundo es distinto: se amolda a la ausencia. El mobiliario es escaso y repetitivo. Hay 158 habitaciones; sólo encontré lámpara de lectura en una de ellas. Algunos internos llevan años usando cubiertos de plástico para comer. La ropa de cama es de hospital, lo que significa que las sábanas vuelven de la lavandería convertidas en yacimientos. A pesar del olor a lejía, la actividad humana queda impresa para siempre: restos de maquillaje remotos, cercos de orina antiguos. Colchas atravesadas por quemaduras de cigarro como traumas balísticos, redondos y silueteados en carbón. Mantas tan ajadas como los cuerpos que arropan.
Con frecuencia, las pertenencias quedan reducidas a la capacidad de carga del sujeto. Lo que más valor tiene son las cosas pequeñas que caben en los bolsillos: relojes, cigarros, botones brillantes, piedrecitas del jardín. Molloy, el personaje de la novela de Samuel Beckett, sería un paciente modelo. Molloy lleva 16 piedras repartidas equitativamente en sus cuatro bolsillos. Cuando le apetece, saca una piedra y la chupa. Después las rota entre los bolsillos, de modo que, la próxima vez que tenga ganas de chupar, se asegure de que sacará una piedra diferente. Si viviera en un psiquiátrico, llevaría varios relojes en la muñeca y los bolsillos llenos de hojas y palos encontrados en el jardín.

Lo que no cabe en los bolsillos se guarda en el armario: un mueble de un metro de ancho con un candado en la puerta. Los pacientes que acumulan demasiado no tienen su propia llave y deben pedir permiso para acceder a sus objetos. El resto lleva la llave colgada del cuello. Cada mes se hace un registro de armario. El equipo de enfermería se planta en la habitación con un rollo de bolsas de basura. Tiran todo lo que no consideran imprescindible. A veces encuentran un cajón lleno de gafas sin cristales, zapatos de bebé, un juego de brochas. El cajón se vierte en la bolsa de los desperdicios.
Recordé a la tía Lavinia, un personaje de Caroline Blackwood en su novela La anciana señora Webster, que ha pasado un tiempo en el psiquiátrico después de un intento de suicidio:
“—No me permiten tener ningún objeto. No se fían de mí. Valiente estupidez. Me encantaría que alguien me dijera cómo puede una siquiera pensar en suicidarse con un peine. ¿Comiéndoselo? Estoy desesperada, querida. No sabes el adefesio que estoy hecha. (…) Si lo que pretenden es empujar a la muerte a una persona como yo, no podrían hacerlo mejor. ¿Cómo va una a recuperar las ganas de vivir cuando estas bestias le impiden tener un lápiz de labios o peinarse?”
He curado heridas de peine. Alguien intentó aserrarse el brazo. Insistió en frotarse las púas. El resultado no fue letal: una laceración ancha, imprecisa, como el dibujo de un niño que ha encontrado un bolígrafo rojo. Hay que ser tenaz, pero es posible. Un corte de cuchilla no es tan valiente. Estar o no estar armado no depende de los objetos que llevemos encima, depende de la creatividad de la persona. La otra noche, una paciente se bebió una botella de Pato WC Gel. Hipo verde. Aliento de pino. Combate eficazmente la cal intestinal.

Llamé al número del servicio de información toxicológica (915 620 420, disponible las 24 h del día). Recité la lista de ingredientes como un escolar que ha memorizado la tabla periódica de los elementos. La voz al otro lado del teléfono me dijo que no me preocupara: debía tomar algo sólido, pan. Debía darle pan y mandarla al hospital. Pan, pensé, claro. Como si echara comida a los patos. Buscamos pan. Abrimos armarios y cajones. La despensa estaba cerrada con llave. Lo hacen para que el personal no abuse. Supongo que los gerentes son personas, como nosotros, y tienen sus propios miedos. Les aterra pensar que, en lugar de trabajar, podríamos abrir la despensa y comernos un bollo de pan. Allí solo hay pan y galletas María sin azúcar. Lo sé porque a veces encuentro un paquete de galletas extraviado y lo engullo escondida en el montacargas, como si estuviera encerrada en un búnker y hubiera encontrado un manjar que reconozco del mundo exterior.
La mujer intentó suicidarse bebiendo Pato WC Gel y no pudimos darle pan. La mandamos al hospital general con el estómago vacío de miga y lleno de ambientador de baño. No volvió convertida en cisne. Tampoco logró suicidarse.

No te conozco, no sé cómo he llegado a ti, pero quiero decirte que tu escritura es hermosa y necesaria.
“Un silbato de porcelana, premios de huevos Kinder, una postal de Atlanta, un trozo de plato y piedras pintadas. Objetos que acabarían en la bolsa de desperdicios si viviera en un psiquiátrico, pero que actualmente ocupan las estanterías de mi salón”.
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