Santas con escamas
Ocurrió una mañana
Querida lectora, me permito esta entrada de diario para contarte algo que ocurrió una mañana. Es una excepción. Durante varios días esto es lo que hice cuando salí del psiquiátrico. Por ese motivo, esta carta no te llega en la madrugada de sábado como es habitual. En mi próxima entrada volveré a hablar lo que ocurre entre esas cuatro paredes mientras tú duermes.
Si cierras los ojos crees que estás en un transatlántico.
Caminas en círculos por la cubierta.
No se oye el oleaje. La música está demasiado alta.
Las canciones se cortan a menudo.
Lo natural es pensar que se cortan porque la señal de radio se pierde en altamar.
Pero no es eso.
No es eso.
Se interrumpen para anunciar las ofertas más irresistibles del veinticinco aniversario de Hipercor.
Solo hoy:
un kilo de alas de pollo certificado por tres euros con ochenta.
Comprando dos kilos participarás en el sorteo de un maravilloso Chevrolet Volcano, el monovolumen para toda la familia.
Durante el mes de mayo cuando salía del psiquiátrico me iba a la pescadería del supermercado. Esperaba durmiendo dentro del coche a que abrieran el centro comercial. A las nueve de la mañana, las cajas con el género aún están apiladas. Suele haber alguien fregando. Juraría que friegan con agua de mar. Al colocar los peces el olor se te agarra a la garganta. Entonces cierras los ojos. Piensas que estás en un transatlántico.
La editorial Horror Vacui me había encargado un relato de terror para una antología llamada Gótico Divino1. Quería escribir sobre Agnes, mi mística favorita del siglo XIII. Pensé en trasladarla a Japón, años 90. Hacer un fanfic. Agnes trabajaría en una empresa de body sushi. Se pasaría horas desnuda, con cortes de pescado cuidadosamente colocados encima. Sin poder moverse. Algunos empresarios japoneses caminarían a su alrededor con el pene acorchado. Mientras, yo caminaba haciendo ochos por la cubierta de mi transatlántico doméstico. Susurraba a la grabadora de voz del móvil:
Soy Agnes Blannbekin y mi cuerpo es una bandeja en la que los hombres comen peces fileteados. Pedazos de atún, anguila y pulpo encallados en la orilla de mi cadera esperan a ser devorados por bárbaros en mangas de camisa. Encima de mí, alimento para pecadores. Dentro, mi alma: el juguete de Dios.
En el mes de mayo iba todos los días al supermercado escuchar las ofertas, a oler a los peces y a imaginarlos sobre mi cuerpo. A veces me hacía pasar por una compradora. Me acercaba al mostrador y alargaba la mano hasta tocarlos. Notaba el tacto de la carne húmeda y compacta. Las partículas de hielo, la piel deslizante. Repetía consignas que había aprendido allí mismo: Dorada a la espalda. Me la limpias y me quitas la cabeza. Los boquerones me los cortas en mariposa. ¿Esta merluza es de anzuelo? Me abre la lubina en libro, por favor.
En junio entregué el relato terminado. Se hacía raro salir de trabajar y volver derecha a casa. Todavía quedan cortes de pescado envueltos en papel encerado dentro del congelador. Pétreos, blancos, irreconocibles como hallazgos arqueológicos.
Una mañana de julio2 al salir del trabajo, conduzco hasta la carnicería para escribir sobre mi experiencia en la pescadería. Grabo una nota de voz:
Si cierras los ojos crees que estás en un transatlántico.
Aquí la luz es blanca. Huele a sangrado de nariz. Si cierras los ojos crees que estás en un paritorio. Me fijo en las pezuñas atadas de un lechón rosa, entero, dormidito en una cámara frigorífica. Parece un juguete de plástico fabricado en Japón. La cuerda aprieta sus patas delanteras. Pego la cara al cristal. Miro de cerca el cadáver. Le pongo nombre: Agnes.
No soy capaz de llevármelo a casa.
La antología está a la venta a partir de hoy mismo. Los editores han mimado muchísimo el libro y en él participan otras autoras a las que admiro. Mi obsesión por las personas inmovilizadas durante horas (Jesucristo en la cruz, las personas atadas a camas en los psiquiátricos, o Agnes, convertida en mesa para sushi) sin poder rascarse, aguantándose el pis, siendo un cuerpo forzadamente en pausa, fue el motor para crear este relato. Ojalá tengas la oportunidad de leerlo y lo disfrutes.
El libro se puede conseguir aquí: https://horror-vacui.es/product/gotico-divino/
Participé en un taller sobre escritura de diarios impartido por Aixa de la Cruz, y redacté este texto para un ejercicio en el que había que escribir desde un espacio habitado, público, lleno de gente.


Cada entrada más fascinante que la anterior.
Esperando ansiosamente la siguiente.
Enhorabuena, Turno.
Me ha encantado. Y también asqueado, jejeje.
Lo marino, aunque coma peces, crustáceos, cefalópodos y algún lamenibranquio —nunva gasterópodos— me induce a cierto asco. Con animales de sangre caliente no me pasa.
En fin, me compraré el libro para conocer a esta Agnes, tan procaz de pensamientos místicos, convertida en bandeja de 🍣.